domingo, 30 de abril de 2017

COMANDO ANABEL: Comedia cuaimatizada en un acto




Sentado en un banco de madera de una menesterosa plaza, Luis Alberto Algarete disfruta leyendo un periódico deportivo, mientras mastica a mandíbula batiente un crujiente tostón de bolsita. De pronto, al fondo una sombra se desplaza de un lugar a otro.

El hombre se voltea un par de veces, como si sintiera una presencia, pero pronto vuelve a su entretenida lectura. En breve, la imagen de La Comandante se hace visible a lo lejos. Con sus binoculares observa a su potencial presa. Inicia su acercamiento, sigilosamente, formando una parábola para no ser detectada.

A ratos, Luis Alberto voltea, lo que obliga a la mujer a realizar acrobáticas maniobras a ras de piso. Finalmente, el hombre saca de su bolsillo un celular y, sonriente, se dispone a realizar una llamada cuando es sorprendido por la inmensa mujer, que lo apunta con un fusil.

La Comandante:         (con sonrisa irónica) ¿A quién vas a llamar?

Luis Alberto:               (mostrando el teléfono) Es un “perolito”, pero llévatelo si quieres.

La Comandante:         Aquí el delincuente eres tú, Luis Alberto Algarete.

Luis Alberto:              ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Quién eres tú?

La Comandante:     No te hagas el loco, Algarete. Tú sabes quién soy yo y a cuál organización represento. Llevamos meses siguiéndote la pista. ¿Tú qué creías? ¿Ah? ¿Que ibas a seguir haciendo de las tuyas y nunca ibas a caer?

Luis Alberto:             Sigo sin entender… ¿Quién…?

La Comandante:       (interrumpe levantando la voz con firmeza) ¡Ibas a llamar a tu amante, chico!

La Comandante revisa su mochila y saca una libreta de anotaciones. Con brevedad y determinación llega a la página deseada.

La Comandante:         (como una ráfaga mortífera de palabras) María Antonia Chapuza Hernández. 27 años. De Macaracuay. La llamas cariñosamente “la negrita”. Trabaja como doméstica en una casa de familia, donde emplomaste un piso y encamisaste las paredes de un cuarto para que las visitas se queden cuando haga falta. La ves dos veces a la semana a golpe de las 1700 horas y un sábado cada tres semanas a las 0900 horas de la mañana, cuando tu esposa cree que estás trabajando.

El hombre, estupefacto de la impresión, apenas logra balbucear.

Luis Alberto:             ¿Cómo sabes todo eso?

La Comandante:       (en otra ráfaga de palabras) El Comando ANABEL lo sabe todo. Un grupo de elite, formado por mujeres capacitadas en artes y ciencias militares, y cuya única misión es garantizar la felicidad y la estabilidad de todos los matrimonios de este país, dando cacería a todos aquellos infieles que osan mancillar el más sagrado convenio establecido por una pareja.   

Luis Alberto lucha por salir de su asombro. Comienza a reír burlonamente, pero al instante, inicia una explosiva huida que es arruinada por La Comandante, quien de un jalón regresa al acusado al banco.

Luis Alberto:             (tratando sin éxito de zafarse de la fuerte mano de la mujer) ¡No tienes pruebas!

La Comandante revisa nuevamente su mochila. Esta vez extrae una carpeta azul, rebosante de papeles, mapas y fotos, y en cuya portada puede leerse la frase “TOP SECRET”. Poco a poco despliega sobre las piernas de Luis Alberto diversos papeles, entre los que se encuentra un mapa, recibos de pago y cartas de amor.

La Comandante:      (ríe con soberbia) Algarete, Algarete, Algarete… (Luis Alberto observa pasmado las pruebas que la mujer va colocando en sus piernas). Por lo general, despliegas tus operaciones en los sitios que frecuentas laboralmente. Así no despiertas sospechas con escapadas en horas irregulares y mantienes controlado el tiempo que te toma desplazarte a tu casa. Sales y llegas a la misma hora cada día, como un ciudadano ejemplar.

La Comandante despliega una serie de fotografías.

La Comandante:      Danielita Tovar, alias “mi cuchicuchita”; Sandra Maldonado, alias “mi corazón de melón”; Ruth Fuentes, alias “mi reina bella” y Sonia Mejías, alias “mi loba salvaje”. Esas son tus víctimas más recientes, antes de la de turno. La raya roja que ves allí (señala con el dedo), en el mapa, indica la ruta de acción que desarrollas con las inocentes damas en cuestión: el kiosco “El empedrado”, la fuente de soda “El rincón del sancocho”, la tintorería “El chino” y la tienda de dulces criollos “Tú melcocha”.

Luis Alberto:             (nervioso, mira hacia todas partes, como buscando a alguien) Alguien me tiene que estar jodiendo…

La Comandante:         Llevas a todas al mismo hotel; pagas siempre en efectivo, para no dejar rastro con los papelitos del punto de venta o los estados de cuenta; jamás te bañas con el jabón chiquito para no oler a avena; grabas sus teléfonos en el celular con el nombre de las ferreterías donde compras tus materiales de trabajo y apenas las despachas, eliminas el contacto de la agenda.

Impulsado por los nervios, Algarete salta abruptamente del banco, pero, La Comandante, con un fuerte y determinado empujón lo obliga a sentarse nuevamente.

Luis Alberto:             (grita desesperadamente) ¡Salgan, coños de madre! ¡Ya está fuerte la joda, vale! ¡No da risa, chamo! ¡Se pasaron!

El silencio inunda el espacio. Poco a poco, Luis Alberto cae presa del desánimo de verse atrapado.

La Comandante:      ¡Ah! Y jamás descuidas el teléfono. Cuando te vas a bañar, o a defecar… lo apagas. Pero, siempre lo dejas visible. Así das la sensación de que no tienes nada que ocultar.  Todo un profesional.

El desánimo de Luis Alberto se transforma rápidamente en impotencia, por lo que no tarda en explotar.

Luis Alberto:             (colérico) ¡Tú no eres capaz de delatarme! ¡Mi Sarita jamás le creería a una loca disfrazada de guerrillera como tú! ¡Ella confía en mí!

La Comandante toma el walkie talkie de su cintura.

La Comandante:      (al radio transmisor) Atención, Destacamento Macagua… Destacamento Macagua… Cambio.

Radio:                        Destacamento Macagua, Comandante… Cambio.

La Comandante:      ¿Todo listo para ejecutar el 10-34 alfa bravo charlie? … Cambio.

Radio:                        Listos. En posición. Cambio.

Luis Alberto:             (nervioso) ¿Qué es un 10-34 alfa bravo charlie?

La Comandante:      En este preciso momento, una de nuestras agentes tiene una carpeta con copia de todo este material… y está a solo 10 metros de la farmacia donde trabaja Sarita. 

Luis Alberto:             (nervioso) ¡Cuidado y me le echan una vaina! ¡Ella no tiene nada que ver!

Algarete se retuerce de los nervios.

Luis Alberto:             (entrando en el umbral de la desesperación) ¡¿Qué quieres de mí?!... ¡¿Por qué yo?!

 La Comandante:      Información, Luis Alberto Algarete…. Información… Solo eso.

Luis Alberto:                         ¿Cuál información? Yo no sé nada.

La Comandante salta sobre Luis Alberto y comienza a estrangularlo. El hombre intenta zafarse del apretón, pero no lo logra.

La Comandante:       Sí, sabes, Algarete…. ¡Y sabes mucho! ¿Vas a hablar?

Luis Alberto, casi sin aire en los pulmones hace señas de afirmación. La Comandante lo suelta y el hombre cae tendido al piso.

Luis Alberto:                         (tratando de recuperar el aliento) ¿Qué quieres saber?

La Comandante camina en círculos alrededor de Algarete. Lo examina con la mirada. Disfruta ver a su presa sumisa.

La Comandante:       Quiero saber… ¿Por qué lo hacen?
Luis Alberto:             (confundido) ¿Cómo que por qué lo hacen? ¿Qué hacen quienes?

La Comandante explota de ira y se dispone a golpear a Luis Alberto, quien se resguarda acurrucándose en el suelo. La mujer se contiene. Trata de apaciguar su furia. Ayuda al asustado a sentarse en el banco.

La Comandante:       Empecemos otra vez. De arriba… ¿Por qué lo hacen?

Luis Alberto:             (confundido) ¿Por qué hacemos qué?

La Comandante:      (explota nuevamente) ¡Montar cacho, carajo! ¿Por qué los hombres montan cachos? ¿Cuál es su motivación? ¿Dónde está la ganancia? ¿Qué buscan con eso?

Luis Alberto:             No lo sé.

La Comandante:      ¡Sí, lo sabes! (estrangula a Luis Alberto nuevamente) ¡Y yo también necesito saberlo! Así que… ¡habla! (suelta al hombre, que desesperado busca aire por todas partes).

La Comandante:      (recomponiéndose) Todos los infieles que hemos atrapado te involucran. Te hacen responsable. Te reconocen como su líder. Dicen que tú tienes el secreto. Y yo… quiero ese secreto.

Luis Alberto:             ¿Cuál secreto? No hay secreto, chica. Uno lo que es…

La Comandante:      (interrumpiendo) No me vengas con el cuento de que los hombres son cazadores. Que todo está en su memoria genética. Eso es un cuento que los antropólogos infieles inventaron para hacer sus cochinadas con licencia. Consiguen dos huesos en una cueva y dicen que las ratas como tú pueden hacer lo que les da la gana, porque es una vaina cultural.

La Comandante encara a Luis Alberto.

La Comandante:    Yo quiero la verdad, Algarete. Quiero saber porqué si tienen unas mujeres maravillosas como esposas, o como novias, o como prometidas, necesitan estar con otras mujeres al mismo tiempo.

Algarete se arma de valor y se sacude el dominio de la mujer.

Luis Alberto:             ¡No te lo voy a decir!... (La Comandante queda estupefacta ante la reacción del hombre) ¡Nojoda!

La Comandante:      Me lo vas a decir, Algarete. La felicidad de los matrimonios y los noviazgos decentes de este país está en esa verdad.

La Comandante saca de su morral unas fichas de cartón y una almohadilla de tinta. Comienza a tomar a la fuerza impresiones de las huellas dactilares de Luis Alberto.

Luis Alberto:             Tú no sabes la catástrofe que se desataría de llegar a saberse ese secreto.

La Comandante:      (salivando de gusto) ¡Atraparíamos a todos los infieles de la tierra!

Luis Alberto:             ¿Y cómo sería ese mundo libre de infieles? ¿Ah? ¿Te lo has imaginado?

 La Comandante:     Anticiparíamos sus movimientos, podríamos tenderles trampas para que caigan solitos.

Luis Alberto:         Hoteles en quiebra por falta de huéspedes amatorios; floristerías cerrando sus puertas, porque la mitad de los ramos ya no se venden; restaurantes a medio funcionamiento, porque ya no hay quien invite.

La Comandante:      Mujeres felices y seguras por las calles. Un planeta de hombres buenos y fieles.

Luis Alberto:             Se acabaron los boleros despechados, los libros de autoayuda, los psicólogos, el chocolate, el pilates, las tiendas de ropa femenina y las tarjetas sobregiradas. ¡Todo se va a la mierda! ¿Por qué? Por la ambición de una…. Comandante.

La Comandante:      Todo por una noble causa. ¡Responde! ¡¿Por qué los hombres montan cachos?!

Luis Alberto:            Si respondo esa pregunta, arruino la vida mucha gente. Incluso de los matrimonios que solo los sostienen los cachos.

El silencio tensa el ambiente. La Comandante termina de tomar las huellas de Luis Alberto. Le ofrece una servilleta. El hombre agradece con una sonrisa y comienza a limpiarse los dedos. La mujer saca del morral una cámara fotográfica y un cartel con el número de expediente criminal que cuelga en el cuello de Algarete, quien extrañado no sabe cómo reaccionar. La Comandante le toma una fotografía a modo de presidiario. El poderoso flash enceguece a Luis Alberto. 

Luis Alberto:          (luego de reponerse) No soy un delator. Yo no pienso figurar en los libros de historia como el traidor que vendió a los suyos. ¿Te queda claro eso, verdad?

La Comandante lo observa con detenimiento, mientras retoma la compostura. Toma nuevamente el walkie talkie de su cintura.

La Comandante:   (al radio transmisor) Atención, Destacamento Macagua… Destacamento Macagua… Cambio.

Radio:                        Destacamento Macagua, Comandante… Cambio.

La Comandante:      Ejecuten el  10-34 alfa bravo charlie… Cambio.

Luis Alberto se estremece con la orden de La Comandante.

Radio:                   Confirmando orden. ¿Quiere que ejecutemos el 10-34 alfa bravo Charlie?…  Cambio.

Luis Alberto:             (nervioso) ¡Ya va!

La Comandante:       ¿Ya va qué?

Luis Alberto:              No lo hagan… todavía…

La Comandante:       (alegre) ¡Así se hace, Algarete! Sabía que en el fondo, muy en el fondo de tu corazón, quedaba algo de nobleza. No sabes lo que me alegra que hayas…  

Luis Alberto:             Solo te quería decir que no importa lo que hagas. No te voy a decir un carajo. Porque no te va a servir de nada. Ni a ti, ni a tu fulano comando. ¡Anda! ¡Delátame con Sarita! Ella me va a mandar al demonio. Y a mi se me va a partir el corazón… porque ella es mi esposa y yo la quiero. A mi modo, pero la quiero y la necesito. Pero, mañana… mañana me voy a levantar y voy a conquistar a otra mujer… y me voy a volver a casar… y voy a volver a serle infiel. ¿Y sabes por qué?

La Comandante:       ¿Por qué?

Luis Alberto:             No te lo voy a decir.

La Comandante deja caer su robusta humanidad sobre el banco. Piensa. Luis Alberto se sienta a su lado y trata de consolarla acariciando su hombro, mientras la mira con interés, como hurgando en su animo.

Radio:                        Repito. Confirmando orden. ¿Quiere que ejecutemos el 10-34 alfa bravo Charlie?… Cambio.

La Comandante:      (resignada) Está bien. Tienes razón. (Al radio) ¡Ejecútese!

Algarete se lamenta, colocando la cabeza entre las rodillas. Con sobriedad y determinación, La Comandante toma a Luis Alberto por el cuello y lo neutraliza con una llave estranguladora. El hombre trata de zafarse, pero es inútil. Con una mano, saca del bolsillo de su chaqueta una pinza.

Luis Alberto:             (sorprendido y asustado) ¡¿Qué es eso?! ¡¿Qué vas a hacer?!

La Comandante:       Que tu no quieras responder no quiere decir que nunca lo voy a conocer las verdad. ¿Y quieres saber por qué? Pues, yo si te lo voy a responder.

La Comandante comienza a lanzar picotazos con la pinza hacia la nariz de Luis Alberto, tratando en atrapar un vello.

La Comandante:     ¡Porque tu ADN será nuestro aliado! Así tenga que suplicarle al mismísimo Proyecto Genoma… o así tenga que aprenderme el libro de “Ciencias de la Naturaleza y Biología”, de Serafín Masparrote, para comprender la genética,… te juro que seré capaz, en un futuro no muy lejano, de crear una especie masculina libre del peligroso “gen de la infidelidad” y sus fulanas mutaciones.

Por fin, logra atrapar un vello de la nariz, el cual jala con fuerza hasta arrancarlo, acompañado del doloroso grito de Luis Alberto. La Comandante se levanta orgullosa enarbolando el vello que observa con fruición. Algarete se retuerce del dolor.

La Comandante:       Entiende algo, hombre infiel. El Comando ANABEL  no se rinde, no se entrega, no negocia con terroristas del amor. Nosotros estamos siempre allí, quieran o no. Creciendo cada segundo, ocupando los territorios y vigilando a cada hombre. No hay macho vernáculo en este país que no corra el riesgo de ser capturado en sus deshonestos actos.

La Comandante saca un tubo de ensayo de su morral y guarda allí el vello arrancado. Luego lo identifica con una etiqueta que raya con su marcador. La deposita en un envase mayor que se muestra sumamente seguro.

La Comandante:       Nuestras agentes secretas actúan encubiertas como secretarias, profesoras universitarias, gerentes bancarias, mesoneras, cocineras y hasta conserjes. A la menor sospecha de irregularidad pasional, notifican a la central y en menos de lo que un desgraciado elige una víctima lo atrapamos con las manos en la masa. ¿Cómo crees que llegamos hasta ti? ¿Estás seguro que tu amante no es una de nuestras agentes? ¿Cómo sabes que de verdad se llama María Antonia Chapuza Hernández?

Luis Alberto:             (ahora le duele el orgullo) Coño…

La Comandante:       Así que recuerda esto: no será hoy, quizás tampoco mañana, ni pasado. Pero, algún día… algún día el Comando ANABEL purificará este planeta, librándolo de los hombres infieles. Y tus hijas, o tus nietas, o tus bisnietas, verán un busto con mi cara en cada plaza, en cada redoma, en la isla de la autopista y dirán: ¡Gracias por liberarnos! Nos vemos, Algarete, pórtate bien… que te conviene.

La Comandante se retira realizando las mismas maniobras de ocultamiento que empleó en su llegada. Asustado, Luis Alberto se repone del dolor, sin perder de vista a la mujer. En la medida que se aleja se va incorporando. De pronto, se percata de que aún el celular está en su bolsillo. Lo saca, lo observa pensativo un rato y, nervioso, lo retorna a su lugar. Con actitud paranoica, casi de rodillas, el hombre abandona el parque para siempre.
   
Telón.   

lunes, 5 de septiembre de 2016

¡Lo siento, Willyerson! (El naufrago)





EXT. ISLA DESIERTA - DÍA

Al ritmo del melancólico tema Cast Away, el NAUFRAGO, se arrastra por la arena, resoplando y chorreando agua de mar. Sus movimientos son torpes e incómodos debido a un salvavidas infantil que lleva en la cintura y que, con rabia, se quita de encima y lanza muy lejos.

Nervioso y aún mojado, el hombre recorre la isla con unas húmedas cajas con sellos de IPOSTEL bajo sus brazos. Su mirada ansiosa se mueve en todas las direcciones, clamando auxilio. Pero es inútil, lo único que encuentra a su alrededor es el amplio y profundo océano que se pierde en el horizonte.

NAUFRAGO ¡¿Alguien me oye?!

INT. ISLA DESIERTA: CUEVA - NOCHE

Acostado en el suelo y notoriamente maltratado por el tiempo que ya ha pasado en la isla, el naufrago enciende y apaga una linterna que ilumina un inmenso y colorido portarretrato, el cual luce el rostro de su esposa con cara de desconfianza.


INT. COCINA - DÍA (FLASHBACK)

Alegre, KELLY redondea una arepa entre sus manos. Al ver llegar al naufrago, recién bañado y con su maletín de trabajo, se limpia las manos en el delantal, lo besa y le sirve un café.

KELLY

Bueno días, mi cielo...

Complacido, el naufrago toma café, cuando es sorprendido por un regalo que la esposa le entrega. El naufrago rompe el papel y descubre un inmenso y colorido portarretrato de su esposa. Incómodo sonríe en señal de agradecimiento.

KELLY
(con ironía)
Ponlo en tu escritorio... donde todas tus compañeritas de trabajo lo vean...


EXT. ISLA DESIERTA - DÍA

El naufrago, profundamente desaliñado por el tiempo en la isla, y únicamente tapado por un improvisado taparrabo, toma el sol sobre unas hojas de palma, acompañado por WLLYERSON, una pelota de baloncesto con un rostro dibujado con sangre. Ambos beben agua de coco.

NAUFRAGO Willyerson...Willyerson...

(intrigado por la falta de respuesta) ¿Qué pasa? ¿Te quedaste dormido? Bueno... (suspira buscando relajar el cuerpo) Nunca nos van a encontrar aquí...

De pronto, tan molesta como empapada, la ESPOSA interrumpe la tranquilidad del naufrago. La escafandra de buceo y las chapaletas entorpecen sus movimientos.

KELLY

¡Con que aquí estás, Chuck Noland!

NAUFRAGO (sorprendido)
¡Kelly!

KELLY (ofendida)

¿Cómo me haces esto, chico? Te he busqué en la jefatura, en los hospitales y hasta en la morgue...
Y resulta que tú estás aquí echadote en la playa.

NAUFRAGO

Mi vida, estoy naufra..

KELLY

No me vengas con tus excusas baratas. ¿Qué te cuesta llamarme por teléfono y avisarme? ¿Ah? ¿Ah? ¿Es que acaso me vas a decir que aquí no hay un cochino teléfono público? ¿O un cybercafé?

NAUFRAGO (muestra su celular que chorrea agua)
Amor, el avión cayó al mar y yo...

KELLY            (comienza a llorar)
Eres un desconsiderado, vale...
Tú pasándola bien quien sabe con

quien...

NAUFRAGO

No, mi corazón. Esto es una isla desierta en el Oceáno Pacífico. (señalando a la pelota de baloncesto) El es mi único amigo. Se llama Willyerson.

KELLY

(pasando del llanto a la ira en un instante)

¡Ah! ¡Con que esa la razón! ¡Tu amigote! ¿Prefieres estar con él que conmigo, ah?

NAUFRAGO

No, mi reina, es una pelota, yo no tenía con quien...

KELLY

¿Sabes cómo es la cosa, Chuck Noland? Que esto no se queda así.

Iracunda, la esposa comienza a buscar ramas y hojas secas en el suelo.

NAUFRAGO (confundido)
¿Qué haces, mi cielo?

KELLY

¡Mi cielo, nada! ¡Voy a quemar esta isla de perdición, donde te reúnes con tu amiguito a emborracharte y a hablar mal de mi...

Descontrolada por la rabia, la mujer coloca las ramas en el piso y gira sobre ellas un rama tratando de hacer fuego como en la prehistoria.

NAUFRAGO

Yo llevo días intentándolo. Eso no sir...

KELLY (interrumpe)

Tú eras un buen hombre, Chuck. ¡Hasta que te juntaste con este tipo!

NAUFRAGO

No es una persona, es una pelot...


KELLY (interrumpe)

¡Tendrás que decidir! ¿O él... o yo?

NAUFRAGO

No hace falta...

KELLY (interrumpe)

¡Ya hable! ¿El te va a hacer la arepa en la mañana? ¿Te va a cortar las uñas de los pies los domingos? ¿Te va a hacer cariñitos los viernes en la noche? ¿Ah?

NAUFRAGO

Pero, si es solo una...

KELLY (interrumpe)
¡Entonces, decide de una vez!

Cansado de discutir, el naufrago toma la pelota de baloncesto. Trata de mostrársela, pero la mujer se niega.

NAUFRAGO

¿No ves que es solo una...?

KELLY (interrumpe)
¡Dile adiós!

Confundido, el naufrago habla con la pelota sin quitar la vista de su esposa.

NAUFRAGO

¡Adios, Willyerson!

El naufrago lanza la pelota hacia el mar. La vista sigue el recorrido de la pelota que se aleja en el mar. La mujer se sacude la manos en señal de soberbia.

KELLY             ¿Nos vamos a la casa?

NAUFRAGO

Sí, mi vida.

Naufrago y esposa se toman de la mano, corren hacia el mar y se zambullen para abandonar la isla.

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lunes, 11 de abril de 2016

EL HUEVO Y LA GALLINA



Anoche estaba haciendo una tortilla. Mayor fue mi sorpresa cuando al romper el huevo salió una gallina.


El animal brincaba de un lugar a otro, dándome picotazos para que no la atrapara. Si no podría comer tortilla, al menos comería un buen caldo de gallina.

De la mesa de la cocina voló a medias hasta el lavandero y chocó contra la ventana que estaba cerrada. Allí, la acorralé, pero batiendo las alas y haciendo un ruido terrorífico se escurrió entre mis dedos. Como pudo llegó a la sala, donde ya no volaba, pero sí corría. Y yo tras ella, jadeando rabia y sudando impotencia.

Finalmente, la gallina se rindió, dejándose caer sobre el sofá. Me acerqué con delicadeza, paso a paso, mientras ella se enterraba en uno de los cojines de mueble.

La gallina no opuso resistencia. Se entregó con dignidad a mis manos ansiosas. Y mayor fue mi sorpresa cuando me di cuenta que había puesto un huevo. Si no podría comer un caldo de gallina, al menos comería una buena tortilla.

Fui a la cocina y con emoción rompí el huevo… del cual salió una gallina.

lunes, 28 de marzo de 2016

EL BIGOTE MÁS GRANDE DE CARACAS




Luis Oquendo, un cocinero de 32 años, oriundo de Caricuao, se ganó el primer premio en el certamen "El bigote más grande de Caracas", celebrado el 27 de marzo de 2016, en el Teatro Teresa Carreño. El galardón fue entregado por el sonero del mundo, Oscar D´León, quien no sólo es conocido por su talento artístico, sino también por su enorme mostacho.

Para lograr esta distinción, Oquendo se enfrentó con bigotudos de todas las parroquias caraqueñas, a quienes derrotó gracias a un enorme bigote negro que salía desde su nariz y, como un enorme babero, se extendía hasta la altura del ombligo. Al recibir el trofeo, Luis sonrió satisfecho, aunque esto solo se presume, ya que ninguno de los asistentes pudo ver los dientes del ganador.

En sus primeras declaraciones, el ganador aseguró que con este reconocimiento se reivindica de su reciente derrota en el certamen "La sopa más sabrosa de Caracas", donde fue eliminado en primera ronda por el sabor ácido de su preparación.